La caja de los recuerdos: la fotografía como camino de sanación
Por George Hamilton Pérez
La fotografía tiene un poder silencioso y profundo. No solo registra lo que vemos: también revela lo que sentimos, aquello que muchas veces no sabemos —o no podemos— decir con palabras. Y puede convertirse en una herramienta terapéutica, capaz de ayudarnos a encontrar nuestra propia voz y, con el tiempo, a aceptarnos.
Quienes
crecimos con la cámara de rollo vivimos el avance del teléfono celular y la era
digital como un descubrimiento. Pasamos de medir cada disparo a fotografiar sin
límites. En ese tránsito, muchos comenzamos un camino de exploración: mirar
revistas, observar retratos, descubrir la fotografía de otros. Y allí, casi sin
darnos cuenta, se enciende un fuego interior. La imagen se vuelve un
lenguaje y, con ella, empieza un proceso de autoconocimiento.
MOMENTOS
OSCUROS. La fotografía —y especialmente el autorretrato— puede ser un puente para atravesar
momentos oscuros. En situaciones de depresión, de duelo o de crisis
personal, la cámara permite mirarnos con otra profundidad. No se trata
solo de inmortalizar instantes importantes, sino de registrar estados del alma.
De bajar esas mochilas que cargamos desde hace años y, al hacerlo,
inspirar a otros a soltar las suyas.
Este
camino no se impone.
Comienza cuando escuchamos el llamado interior. Todo tiene su tiempo de
maduración. Al volver sobre fotos antiguas, muchas veces intentamos
recordar cómo nos sentíamos en ese momento. Las imágenes expresan nuestro
estado de ánimo y nos ayudan a conectar con aquello que fue silenciado. Lo
que sentimos al hacer una foto suele ser invisible para el entorno, pero queda
vivo en la imagen. Poder expresarnos de ese modo es, sencillamente,
maravilloso.
En muchos
casos, el dolor se transforma en arte. La creatividad nos salva. La palabra es consciente; la
fotografía, en cambio, tiene la capacidad de atravesar esa barrera y llegar al
inconsciente. Por eso resulta tan poderosa como herramienta de sanación.
EL PODER DEL AUTORETRATO. Durante mucho tiempo, odié salir en fotos. Un día me pregunté de dónde venía ese rechazo y allí aparecieron los recuerdos: palabras, etiquetas, juicios que otros habían depositado en mí y que yo había naturalizado. Al aceptarnos, al mirarnos con amor y finalmente creer en nosotros, despertamos nuestra creatividad. Todos somos creativos, todos somos especiales; solo hace falta ejercitar esa mirada.
Luego surgen las ideas, el estilo, la creación. Ese estilo es personal e intuitivo. Así se vive la fotografía contemplativa: primero se siente, luego se crea y recién después se mira la foto. Dejarse fluir. Confiar. Ese aprendizaje se traslada a otros ámbitos de la vida: nos expresamos con mayor claridad, con más calidad y con mayor apertura.
Como
conclusión, siento que la fotografía es una herramienta de transformación
personal y, por extensión, social. Empodera a quienes no sienten tener voz,
les ofrece un canal para expresarse. No reemplaza otras terapias, pero las
complementa. Es un camino único, profundo y honesto, donde cada imagen se
convierte en parte de nuestra propia caja de recuerdos.



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