Arriesgarse a ser feliz
Para ser feliz, primero hay que tener el coraje de arriesgarse. No hay atajos. No hay fórmulas. La felicidad no es un destino al que se llega por accidente: es una construcción. Y se construye con valentía.
Por George Hamilton Pérez
Vivimos en tiempos donde se habla mucho de bienestar, pero poco de coraje. Nos educaron para evitar el error, para seguir caminos seguros, para no molestar, para no fallar. Nos enseñaron a cumplir, no a volar. Pero la verdadera alegría, esa que nace del alma, exige otra cosa: exige riesgo.
En mi camino como
fotógrafo contemplativo, lo he comprendido a través de la luz. Cada imagen que
nace de mi cámara es un acto de sinceridad. Es un riesgo, porque es un espejo
de lo que soy en ese momento. Y no siempre es cómodo. Pero esa es la clave: si no
nos arriesgamos a ser sinceros, tampoco podemos conmover a nadie. No podemos
transformar.
Para ser feliz, hay que atreverse a ser infeliz por un rato. A fracasar. A sentir que no somos suficientes. A quedar expuestos. A dudar. Pero solo así se encuentra la voz propia, esa que es auténtica y que tiene algo verdadero que decir.
Crear con honestidad es
uno de los actos más valientes que existen. Y también es uno de los más
humanos. Ser coherente con lo que uno ve, con lo que uno siente, con lo que uno
cree. No solo frente a la cámara, sino frente a la vida.
La fotografía contemplativa me enseñó que cada vez que elijo mirar con el corazón, estoy eligiendo vivir más profundamente. Y que cada vez que soy fiel a esa mirada, algo en mí se alinea con lo esencial. Ahí aparece la felicidad. No como un premio, sino como una consecuencia natural.
Así que si estás buscando
la felicidad, empieza por atreverte. Atrévete a ser tú. Atrévete a crear, a
fallar, a insistir. Atrévete a mirar con sinceridad y a mostrar eso que ves.
Porque ser feliz, al
final, es ser valiente.

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