FOTOGRAFÍA CONTEMPLATIVA: VIVIR DESDE LA ESPERANZA Y SIN MIEDO AL QUÉ DIRÁN

Por George Hamilton Pérez, periodista y fotógrafo contemplativo

Hace algunos años soñaba con enseñar fotografía desde otro lugar. Alejado de la técnica pura, anhelaba un espacio para jugar, explorar y crear. Así fue como llegó a mí la Fotografía Contemplativa, casi como un susurro del alma. Me tomó cerca de tres años concretar la primera charla y luego el primer Taller en la Asociación Italiana de Formosa. Tal vez fue parte de esa crisis inevitable de los casi 50, pero hoy solo puedo agradecer el camino recorrido y las vivencias que me trajeron hasta aquí.

Recientemente logramos concretar la primera muestra de Fotografía Contemplativa en el Museo Juan Pablo Duffard. No fue un simple evento: fue un acto de fe compartido con Carola y Darío, dos valientes sobrevivientes del primer taller, que lograron exponer obras que conmueven a quienes las observan. En menos de un año, dimos un salto profundo: perdimos el miedo a equivocarnos y le tomamos el gusto a hacer. Y ahí, en ese hacer, emergió el verdadero aprendizaje.


En el taller descubrimos el valor de la humildad intelectual
: comprendimos el sentido profundo del “solo sé que no sé nada” de Sócrates. Aprender y desaprender se convirtió en parte de un mismo flujo, como la vida misma. Y en ese flujo, me permití soñar algo más: que una persona no vidente pueda “ver” una fotografía con sus sentidos. Y hacia allá vamos, buscando formas, buscando puentes.


FOTOGRAFIA CONTEMPLATIVA

Entendí, también, que esto no iba a ser un movimiento masivo. La Fotografía Contemplativa convoca a quienes están listos para emprender un viaje profundo, casi iniciático. Y ese pequeño gran movimiento, silencioso pero firme, empezó a trascender fronteras. Porque mirar distinto es el primer paso para vivir distinto. Y Formosa, mi tierra, ya está siendo semilla de esta manera renovada de ver el mundo: encontrar lo extraordinario en lo cotidiano.


Hay una edad en la que uno comienza a redefinir sus valores.
Al cruzar el umbral de la mitad de la vida, muchos nos preguntamos cómo queremos vivir de aquí en adelante. En mi caso, cada experiencia difícil me impulsó a sacar lo mejor de mí. He visto de cerca la muerte más de una vez, y no es tan grave como nos la pintan. Aquí estoy, con más ganas que nunca.

Hubo momentos en los que el cuerpo me pidió parar, y otros en los que le exigí que siguiera. Tuve que aceptar que no controlo nada y, por fin, empecé a fluir. Me rompí muchas veces, estuve solo, y fue en ese silencio donde me reencontré. Aprendí que el primer acto de amor verdadero es hacia uno mismo. Y desde ahí, apoyado en la fuerza de lo natural, encontré dirección.


Nunca debemos dejar de soñar. Los sueños son el gran motor, y no tienen fecha de vencimiento. Hacer lo necesario para cumplirlos es un acto de coherencia con uno mismo. Y si mañana me toca partir, sé que he dado lo mejor de mí. También aprendí a soltar lo material y a limpiar esas conversaciones internas que, muchas veces, nos sabotean sin piedad.

Poner límites debería enseñarse desde jóvenes. Es una herramienta vital para la salud emocional, y lamentablemente solemos aprenderla tarde. Querernos, valorarnos y saber decir “no” a tiempo puede evitar mucho sufrimiento.

Hoy más que nunca creo que debemos construir nuestras vidas desde la esperanza, incluso en medio del dolor. Enseñar con el ejemplo. Porque sí, a todos nos pueden pasar cosas malas. Pero el verdadero desafío es cómo las atravesamos. Y qué hacemos después.

Eso, para mí, es la esencia de la Fotografía Contemplativa: una forma de sanar, de volver a mirar y de reencontrarse. Una invitación a vivir con los ojos del alma.

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