Lo que nos merecemos: memoria, pausa y Fotografía Contemplativa

 


Por George Hamilton Pérez

Venimos, muchos de nosotros, de familias trabajadoras, campesinas, humildes y profundamente luchadoras. Familias donde nada fue regalado y donde el esfuerzo fue, durante generaciones, la única forma legítima de avanzar. En ese contexto, creer que algo bueno nos sucede porque lo merecemos —y no solo porque lo peleamos— suele resultar difícil. A veces, incluso, parece una falta de respeto a la historia.

Crecí rápido. La separación de mis padres en los años 80 no era algo habitual y estuvo atravesada por silencios, estigmas y violencias que en ese tiempo se naturalizaban. La violencia contra la mujer era común, pero pocas podían decir basta. No solo por miedo, sino por el peso del “qué dirán”. Mi madre no fue una más. Tomó a sus dos hijos y huyó para salvar su vida. Ese gesto, que hoy podemos nombrar con claridad, en ese momento fue una ruptura profunda con los mandatos de época.

Ella encontró felicidad en el Valle de Pinilla, en Córdoba, junto a su nueva pareja, Julio, y mis hermanos Hugo, Renzo, Vicky y Brenda. Allí hubo amor, cuidado y una vida posible. Mientras tanto, mi hermana Silvana y yo crecimos en Formosa. Dos territorios, dos procesos distintos, un mismo origen. Con el tiempo comprendí que esa capacidad de reinventarse no fue solo supervivencia: fue una forma silenciosa de sabiduría.

Ese proceso marcó mi manera de aprender. Aprendí más por la experiencia que por la teoría. Más por la escucha que por la imposición. Y muchas veces, luchando —con respeto, pero con firmeza— contra los mandatos familiares. Sin embargo, también dejó una huella profunda: cuando todo cuesta, cuando nada fue fácil, celebrar lo logrado se vuelve difícil. Vivimos tan concentrados en resistir que perdemos la capacidad de reconocer que ya estamos de pie.

Ahí aparece la pausa. No como descanso vacío ni como evasión, sino como un acto de conciencia. Pausar es interrumpir la lógica de la lucha permanente para mirar con honestidad lo vivido. Es darnos permiso para reconocer que no todo lo bueno llega únicamente desde el sacrificio. Que hay cosas que nos pertenecen: la calma, la dignidad, el bienestar, la alegría.

La Fotografía Contemplativa llegó a mi vida desde ese lugar. No como una técnica para producir imágenes, sino como una práctica para detenerme, para estar presente y para reconciliarme con mi propia historia. Fotografiar contemplativamente es aprender a mirar sin exigir, sin competir y sin demostrar. Es una forma de pausa activa: estar ahí, observar, respirar y dejar que la imagen llegue.

En ese gesto simple —caminar, mirar, encuadrar y esperar— aparece algo profundo: la conciencia de que no todo se construye empujando. A veces, lo más transformador ocurre cuando dejamos de correr. La fotografía se vuelve entonces un espejo: nos muestra no solo lo que está afuera, sino también cómo estamos por dentro.

La pausa que propone la Fotografía Contemplativa nos ayuda a integrar la historia sin quedar atrapados en ella. A honrar el esfuerzo de quienes vinieron antes sin vivir esclavizados por ese mandato. A entender que merecer no es arrogancia, sino conciencia. Y que reconocer lo logrado no borra el dolor del pasado, pero sí le da sentido.

Quizás por eso, hoy entiendo que fotografiar de este modo no es un lujo ni un pasatiempo. Es una forma de estar en el mundo. Una práctica que nos devuelve presencia y nos recuerda algo esencial: aun viniendo de donde venimos, también nos merecemos estar en paz.

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