No pactar con la violencia
Por George Hamilton Perez
En los últimos tiempos asistimos a un escenario preocupante: la violencia verbal se ha vuelto moneda corriente en la discusión pública argentina. Desde sectores de la dirigencia política se multiplican ataques hacia el ejercicio del periodismo, y desde el propio periodismo, en algunos casos, se responde con la misma lógica de confrontación. El resultado es un círculo que erosiona la calidad democrática y empobrece el debate.
El periodismo no puede pactar con la violencia. Ni cuando la recibe, ni cuando la ejerce. Porque cuando el periodista se transforma en protagonista de la noticia, cuando su voz reemplaza a los hechos y su identidad política eclipsa la búsqueda de la verdad, algo esencial se pierde. El centro del oficio no es la militancia ni el espectáculo: es el servicio público.
La profesión exige sensibilidad para comprender el dolor social, pero también formación para interpretar con rigor, contextualizar con honestidad y preguntar con responsabilidad. No alcanza con opinar. Se trata de investigar, contrastar, escuchar todas las voces y, sobre todo, contribuir a elevar el diálogo democrático. El periodismo no está llamado a profundizar grietas, sino a iluminar zonas oscuras.
Este tiempo demanda un salto de calidad. La credibilidad no se declama: se construye. Y se construye con valores. Con independencia. Con prudencia. Con coraje para incomodar al poder, cualquiera sea su signo, pero también con la templanza necesaria para no convertirse en actor partidario.
Nuestra Constitución Nacional, en su Preámbulo, nos convoca a “afianzar la justicia”, “consolidar la paz interior” y “promover el bienestar general”. Esos no son enunciados decorativos: son un mandato ético. El periodismo, como institución fundamental de la vida republicana, tiene una responsabilidad directa en ese compromiso.
No se trata de callar ante la injusticia. Se trata de no reproducir la violencia como método. De no normalizar el agravio como herramienta. De no resignar la dignidad del oficio por la inmediatez de un titular o el aplauso de una tribuna.
La Argentina necesita periodistas que informen con profundidad, que cuestionen con fundamentos y que construyan puentes en tiempos de fractura. Necesita profesionales que comprendan que la libertad de expresión es un derecho, pero también una responsabilidad.
No pactar con la violencia es, en definitiva, volver al sentido más noble del periodismo: servir a la verdad para servir a la República.
Preguntar no es agredir. Repreguntar no es confrontar. Es cuidar la República. Y mientras el castellano nos ofrezca palabras, siempre habrá una forma respetuosa y firme de buscar la verdad.


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