Las personas que elegís también construyen tu destino
Por George Hamilton Pérez
Hay
decisiones silenciosas que terminan definiendo el rumbo de nuestra vida. Una de
ellas, quizás de las más determinantes, es con quiénes elegimos compartir
nuestro tiempo. No se trata solo de compañía: se trata de influencia, de
energía, de dirección. Porque, aunque no siempre lo notemos, terminamos
pareciéndonos a las personas que nos rodean.
Muchas veces sostenemos vínculos por inercia, por historia o por una falsa lealtad al pasado. Relaciones que alguna vez tuvieron sentido, pero que hoy ya no nos acompañan en nuestro proceso. Y ahí aparece una de las formas más profundas de soledad: estar rodeados de personas que no nos ven, que no nos escuchan, que no nos interpelan. Permanecer en esos espacios no solo duele, también nos estanca.
En lo personal, atravesé momentos donde tuve que priorizarme. Espacios, proyectos y hasta organizaciones que ayudé a construir, pero que en un punto dejaron de resonar conmigo. No desde el enojo, sino desde una certeza más profunda: ya no quería seguir cargando con algo que no me estaba nutriendo. Soltar eso fue, en realidad, un acto de honestidad.
Ahí, en ese
vacío, nació algo nuevo. Al dejar espacio, apareció con claridad el camino de
la Fotografía Contemplativa. Fue una experiencia profundamente vivencial:
vaciarme para volver a llenarme, pero esta vez de aquello que sí me
representaba, que sí me hacía crecer.
Con el
tiempo entendí que poner límites no es alejarse de los demás, sino acercarse a
uno mismo. Y que privilegiar los vínculos no significa tener más relaciones,
sino mejores. Vínculos donde hay presencia, escucha, verdad.
Incluso en las amistades de toda la vida, a veces aparece una sensación extraña. El afecto sigue estando, pero algo ya no encaja de la misma manera. Como si esas personas hubieran quedado en una versión pasada de nosotros. Y no se trata de juzgar, sino de aceptar que algunos vínculos también cumplen ciclos.
Me gusta
pensarlo como un viaje en colectivo. A veces vamos parados, rodeados de gente.
Otras veces conseguimos un asiento y el trayecto se vuelve más cómodo. Pero lo
cierto es que, durante el viaje, las personas suben y bajan. Algunas nos
acompañan muchas estaciones, otras apenas unos minutos. Y nosotros también
cambiamos de lugar, de perspectiva, de destino.
Elegir con quién seguir el viaje es, en definitiva, una decisión consciente. Rodearnos de personas que nos nutran, que nos desafíen, que nos digan verdades incómodas con amor. Personas que nos dejen algo después de cada encuentro, que nos hagan sentir más vivos.
Porque al
final, las relaciones más valiosas son recíprocas. Hay una energía que circula,
una sinergia que potencia. Y en ese intercambio, casi sin darnos cuenta, nos
transformamos.
Con el
tiempo, también descubrí que las personas adecuadas aparecen por resonancia.
Cuando uno se muestra tal cual es, cuando deja de sostener lo que ya no le
pertenece, empieza a encontrarse con quienes vibran en la misma frecuencia.
Al final,
atraemos lo que somos… y también aquello que estamos dispuestos a ser. Por eso,
cuidar nuestros vínculos no es un lujo, es una forma de construirnos.

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