Vivir antes del final: el coraje de salir de la trinchera
Por George Hamilton Perez
No quiero llegar al último momento de mi vida y decir: esto fue todo.No como una aceptación serena, sino como una resignación silenciosa. Como si en algún punto hubiera dejado de intentar.
Nadie empieza de cero. Todos llegamos a esta vida con historias, con marcas, con intentos que no salieron bien. Con pequeñas derrotas que, si no las entendemos, terminan definiéndonos. Pero también con algo más: la posibilidad de volver a elegir.
Empezar cuesta. Siempre.
No importa la edad, la experiencia o el camino recorrido. Cada inicio tiene algo de vértigo. Nos enfrenta a lo desconocido, y ahí aparece el miedo. Miedo a fallar, a equivocarnos, a no estar a la altura. Pero hay un miedo más silencioso, más difícil de reconocer: el miedo a que las cosas salgan bien.
Porque cuando un sueño empieza a volverse posible, ya no hay excusas. Ya no podemos escondernos detrás de lo que no fue. Y eso también paraliza.
Vivimos muchas veces como en una trinchera.
Un lugar incómodo, incluso doloroso… pero conocido. Ahí sabemos cómo movernos. Ahí el riesgo está controlado. Y aunque no somos felices, al menos estamos seguros.
Salir de ese lugar implica exponerse. Implica aceptar que no tenemos todas las respuestas. Que vamos a dudar, que vamos a fallar, que vamos a tener que aprender de nuevo. Pero también implica algo que a veces olvidamos: la posibilidad de encontrar algo mejor.
Entonces aparece la pregunta incómoda, la que evitamos: ¿Cómo me gustaría vivir?
No cómo debería. No lo que esperan los demás. No lo que parece más lógico.
Sino lo que realmente sentimos.
Y después viene otra, todavía más difícil: ¿Soy feliz con la vida que llevo?
Porque si la respuesta es no, quedarse inmóvil también es una decisión.
Y no siempre es la mejor.
Hay lugares —físicos, emocionales, mentales— donde ya no nos merecemos quedarnos. Espacios que fueron necesarios en algún momento, pero que hoy solo nos contienen por miedo. Y vivir así es, de alguna manera, ir apagándonos de a poco.
Atreverse a vivir nuestros sueños no significa ignorar la realidad.
Significa dialogar con ella. Ajustar, adaptar, encontrar caminos posibles sin traicionar lo que sentimos.
No todos los sueños se cumplen tal como los imaginamos.
Pero eso no significa que no puedan transformarse en algo valioso.
Seguir adelante también implica aceptar lo que ya no puede ser.
Soltar. Reconfigurar. Volver a mirar.
Tal vez la vida no se trate de llegar a un destino perfecto, sino de sentir que valió la pena el recorrido. Que lo intentamos. Que nos animamos, incluso con miedo.
Porque al final, el verdadero riesgo no es fracasar.
El verdadero riesgo es no haber vivido.
Y quizás, en ese último momento, poder decir algo distinto:
No fue todo… pero fue real. Y lo viví.
- Obtener vínculo
- X
- Correo electrónico
- Otras apps




Comentarios
Publicar un comentario