Autorretrato: cuando la cámara deja de apuntar afuera y empieza a revelar quién sos
Por George Hamilton Pérez
Durante la pandemia, cuando todo parecía detenerse y al mismo tiempo cambiar de forma abrupta, apareció una dificultad concreta: cómo sostener la práctica, cómo seguir comunicando, cómo no perder el vínculo con la fotografía en medio del encierro. Fue en ese contexto donde surgió una propuesta que, en apariencia, era simple: el autorretrato.
Pero lo que parecía una tarea más, terminó siendo una de las experiencias más intensas dentro del proceso.
El autorretrato no es solo una imagen. Es un encuentro.
Porque cuando la cámara deja de apuntar al mundo y se vuelve hacia uno mismo, ya no hay distracciones. No hay paisaje que suavice, ni historia ajena que contar. Aparecés vos. Y eso, al principio, incomoda.
Nos encontramos con lo que evitamos mirar: el paso del tiempo, las canas que avanzan, la piel que cambia, las cicatrices, la calvicie, las marcas de lo vivido. Pero también aparecen gestos, miradas, una profundidad que muchas veces desconocemos. El autorretrato rompe con la imagen idealizada que tenemos de nosotros mismos y nos enfrenta con algo más honesto.
Y ese choque inicial es, en realidad, la puerta.
Porque cuando logramos sostener la mirada —sin juicio, sin exigencia estética— empieza a pasar algo distinto: aprendemos a vernos con más humanidad. A hablarnos mejor. A tratarnos con más cuidado.
Ahí es donde el autorretrato deja de ser fotografía y se vuelve práctica.
Desde distintas disciplinas —como la psicología, el arteterapia y la neurociencia— se han señalado varios beneficios de este tipo de ejercicios:
- Favorece la autoaceptación: al exponernos a nuestra propia imagen de forma consciente, disminuye la distancia entre lo que somos y lo que creemos que deberíamos ser.
- Fortalece la identidad: nos obliga a preguntarnos quiénes somos hoy, no quiénes fuimos o quiénes proyectamos ser.
- Desarrolla la autopercepción emocional: muchas veces una imagen revela estados internos que no sabíamos poner en palabras.
- Reduce la autoexigencia estética: al corrernos del “quedar bien” y enfocarnos en el “ser”, cambia la relación con la imagen.
- Activa procesos terapéuticos: el autorretrato puede funcionar como una herramienta de registro, de expresión y de transformación personal.
- Estimula la creatividad desde la introspección: ya no se trata de encontrar algo interesante afuera, sino de descubrir profundidad adentro.
Sin embargo, no es un ejercicio fácil.
Requiere tiempo, honestidad y cierta valentía. Porque no siempre nos gusta lo que vemos. Pero justamente ahí está su potencia: en atravesar esa incomodidad sin escapar.
En la fotografía contemplativa, el autorretrato ocupa un lugar especial. No se trata de producir una imagen perfecta, sino de habitar el momento frente a la cámara. De estar. De permitir que algo verdadero aparezca.
Con el tiempo, ese gesto se transforma.
Lo que al principio era resistencia, se vuelve curiosidad. Y luego, cuidado.
Y quizás ahí está el mayor valor del autorretrato: no en la foto que obtenemos, sino en la relación que empezamos a construir con nosotros mismos.
Porque en ese acto de mirarnos, algo se ordena.
Y por un instante —aunque sea breve— dejamos de juzgarnos para empezar, simplemente, a reconocernos.

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