La fotografía me enseñó algo sobre la vida
Durante años nos enseñaron que para hacer una buena fotografía debíamos dominar el famoso triángulo de exposición.
Aprendíamos por separado:
el diafragma,
la velocidad,
el ISO.
Y como suele hacer el ser humano con casi todo, desmembrábamos aquello que en realidad funciona unido.
Entendíamos técnicamente cada parte, pero luego aparecía la gran dificultad:
integrar todo eso en una fotografía con sentido.
Con el tiempo descubrí algo que casi nunca se dice al comienzo de la fotografía:
estamos hablando de comunicación.
No se trata solamente de controlar una cámara.
Se trata de expresar una mirada.
Y fue justamente ahí donde la Fotografía Contemplativa transformó mi manera de fotografiar.
Porque al detenerme, muchas cosas comenzaron a hacerse simples.
No fue solamente la quietud.
Primero fue parar.
Parar para preguntarme:
¿Qué quiero decir?
¿Qué me conmueve?
¿Por qué quiero hacer esta fotografía?
Cuando apareció esa claridad, la técnica dejó de ser una carga.
La cámara comenzó a acompañar una intención.
Y creo que en la vida sucede exactamente lo mismo.
Nos enseñan que todo se alcanza con esfuerzo, productividad y adaptación.
Aprendemos a encajar.
A usar máscaras.
A sostener personajes para sobrevivir.
Muchas veces logramos objetivos:
cierto bienestar económico,
reconocimiento,
posición social.
Pero aun así aparece una sensación difícil de explicar:
“¿Esto era todo?”
Y tal vez el vacío aparece porque nunca nos preguntamos qué deseábamos realmente.
Ese también fue mi proceso.
Con el tiempo entendí que trabajar en aquello que me apasiona, que me conmueve y que despierta mi curiosidad, es lo que verdaderamente me acerca a la felicidad.
La pasión se volvió mi motor.
La curiosidad, mi guía.
La constancia y la paciencia, mi manera de caminar.
Y quizás vivir mejor no tenga tanto que ver con correr más rápido, sino con detenernos lo suficiente para descubrir qué queremos expresar con nuestra propia vida.


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