Durante muchos años mi vida estuvo marcada por la velocidad
Trabajaba como movilero de radio y mis días transcurrían entre llamados, entrevistas, coberturas y cierres. Había jornadas en las que realizaba diez o doce notas. La creatividad estaba presente, pero también una sensación permanente de urgencia.
En aquel tiempo creía que avanzar significaba moverse cada vez más rápido. La profesión me enseñó mucho. Me permitió conocer historias extraordinarias, personas admirables y lugares que de otra manera nunca habría visitado. Sin embargo, con el paso de los años empecé a notar algo que al principio me costó aceptar: la velocidad también tenía un precio.
Cuando
vivimos corriendo, vemos muchas cosas, pero observamos pocas.
La
fotografía contemplativa llegó a mi vida de una manera inesperada. No apareció
como una técnica ni como una especialidad fotográfica. Apareció como una
invitación a detenerme.
Y cuando me
detuve, ocurrió algo curioso. Las historias no desaparecieron. Al contrario. Comencé
a descubrir historias que antes no podía ver.
Historias
escondidas en una mirada, en una hoja movida por el viento, en la luz de una
tarde cualquiera o en el silencio de una persona que simplemente necesitaba ser
escuchada.
Comprendí
que las mejores historias no siempre están donde hay ruido. Muchas veces
aparecen cuando somos capaces de permanecer presentes.
Hoy sigo
creyendo en el valor de la comunicación y del periodismo. Pero también aprendí
que la pausa puede ser una gran maestra. Porque a veces la vida no necesita que
corramos detrás de ella. Necesita que nos detengamos a mirarla.


Comentarios
Publicar un comentario