Contemplar: una forma antigua de volver a mirar

 

Durante mucho tiempo pensé que la contemplación era una palabra religiosa.

Quizás porque la escuchamos asociada a monasterios, retiros, oración, meditación y personas que buscan respuestas en lugares alejados del ruido cotidiano.

Pero con el tiempo empecé a sentir que la palabra era mucho más grande que cualquier religión.

La contemplación no le pertenece a nadie.

No es propiedad del cristianismo, del budismo, del hinduismo, del taoísmo ni de ninguna otra tradición. Tampoco es patrimonio de los fotógrafos.

Es, antes que nada, una posibilidad humana.

Contemplar es mirar con atención.

Es detenerse lo suficiente para que aquello que tenemos delante deje de ser simplemente una cosa.

Y quizás ahí comienza la fotografía.

La pausa antes de la imagen

Vivimos en una época que nos empuja permanentemente hacia el hacer.

Hacer más.

Producir más.

Responder más rápido.

Mostrar más.

Consumir más imágenes.

Incluso cuando fotografiamos, muchas veces lo hacemos desde esa misma lógica: vemos algo, levantamos el teléfono o la cámara y hacemos clic antes de preguntarnos qué estamos viendo realmente.

La fotografía contemplativa propone algo diferente.

Una pausa.

No una pausa para dejar de hacer, sino para mirar mejor antes de hacerlo.

Entre lo que aparece delante de nuestros ojos y el momento en que apretamos el disparador existe un pequeño territorio.

Ese territorio me interesa.

Ahí aparece la intuición.

Ahí aparece el silencio.

Ahí aparece el discernimiento.

Ahí aparece la posibilidad de elegir.

Y quizás también aparezca algo que muchas tradiciones espirituales conocen desde hace siglos: la presencia.

Oriente y la mirada hacia adentro

Las tradiciones contemplativas de Oriente han desarrollado, durante siglos, diferentes caminos para observar la mente, el cuerpo, la respiración y la realidad sin intentar dominar inmediatamente aquello que aparece.

No todas son iguales y sería un error meterlas a todas en una misma bolsa.

Pero existe una coincidencia que me resulta fascinante: la transformación de la mirada.

El budismo, el taoísmo, distintas prácticas de meditación y otras tradiciones contemplativas han explorado de diferentes maneras la importancia de detenerse, observar y permanecer atentos.

No se trata solamente de mirar hacia afuera.

Se trata también de descubrir quién está mirando.

Y esa pregunta es profundamente fotográfica.

Porque cuando fotografío, no solamente estoy registrando el mundo.

Estoy revelando también mi manera de estar frente al mundo.

Dos personas pueden estar delante del mismo árbol, a la misma hora y en el mismo lugar.

Y sin embargo producir dos fotografías completamente diferentes.

¿Por qué?

Porque nunca fotografiamos solamente lo que vemos.

Fotografiamos desde lo que somos.

¿Y Jesús?

Hay algo que también me interesa particularmente.

En los Evangelios encontramos repetidamente a Jesús retirándose a lugares solitarios para orar. Se aleja del ruido, de la multitud y de la acción para entrar en un espacio de silencio.

No necesitamos afirmar que Jesús fue formado en tradiciones orientales —no existe evidencia histórica suficiente para sostenerlo— para encontrar una resonancia interesante.

La práctica de retirarse, hacer silencio y buscar profundidad interior aparece en muchas tradiciones espirituales.

Y quizá eso nos permita recuperar una idea sencilla:

la espiritualidad no necesariamente empieza con una respuesta. A veces empieza con una pausa.

Jesús también resulta incómodo cuando se lo mira desde esta perspectiva porque muchas veces coloca la experiencia humana por encima de la rigidez de determinadas interpretaciones.

El amor aparece como centro.

Amar a Dios.

Amar al otro.

Amarse también a uno mismo.

Y si realmente creemos que el amor es el centro, entonces quizás necesitemos aprender primero a mirar al otro.

No a juzgarlo.

No a clasificarlo.

No a convertirlo en alguien que debe cumplir nuestras expectativas.

Mirarlo.

Contemplar no es obedecer

Esta idea me resulta especialmente importante.

Durante mucho tiempo, la espiritualidad fue presentada en determinados contextos como un conjunto de respuestas que debíamos aceptar.

Pero contemplar propone otra relación con el misterio.

No dice:

“Esto es lo que tenés que ver.”

Dice:

“Mirá.”

Y después:

“¿Qué ves?”

Hay una enorme diferencia.

La contemplación no elimina el discernimiento. Al contrario.

La pausa permite que la intuición encuentre un espacio donde ser examinada.

Porque no todo lo que sentimos es necesariamente verdadero.

La intuición puede confundirse con deseo.

La emoción puede confundirse con certeza.

El entusiasmo puede confundirse con vocación.

Por eso creo que la contemplación necesita del discernimiento.

Sentir.
Pausar.
Observar.
Discernir.
Y recién entonces actuar.

Una cámara también puede ser un instrumento espiritual

No estoy diciendo que una cámara sea un objeto religioso.

Estoy diciendo algo más sencillo.

Una cámara puede ayudarnos a recuperar una capacidad que estamos perdiendo: la capacidad de mirar.

Cuando salgo a fotografiar desde la contemplación, no busco necesariamente una imagen espectacular.

Busco estar.

Puede ser una hoja.

Una sombra.

Una persona.

Una pared.

Una luz que dura apenas unos segundos.

Algo que normalmente pasaría inadvertido.

La fotografía se convierte entonces en una excusa para estar presentes.

Y cuando eso sucede, la fotografía deja de ser únicamente el resultado.

Se convierte en experiencia.

La imagen es importante, claro.

Pero hay algo que ocurrió antes de ella.

El fotógrafo estuvo ahí.

Miró.

Esperó.

Sintió.

Eligió.

Y finalmente hizo clic.

La contemplación no es patrimonio de nadie

Quizás esta sea la idea que más quiero conservar.

No hace falta pertenecer a una religión para contemplar.

No hace falta ser budista.

No hace falta ser cristiano.

No hace falta meditar durante una hora.

No hace falta conocer ninguna doctrina.

No hace falta siquiera considerarse espiritual.

Un niño que mira una hormiga durante diez minutos está contemplando.

Una persona que observa el cielo desde una ventana está contemplando.

Alguien que escucha profundamente a otro ser humano está contemplando.

Un fotógrafo que espera veinte minutos para que una determinada luz transforme una escena también está contemplando.

La capacidad estaba ahí antes que nosotros.

Quizás las diferentes tradiciones espirituales no inventaron la contemplación.

Quizás simplemente encontraron distintas maneras de recordarnos que ya la teníamos.

Volver a mirar

Por eso la Fotografía Contemplativa no pretende enseñar una verdad.

No busca seguidores.

No pretende reemplazar una religión por otra.

No quiere decirle a nadie cómo tiene que mirar.

Propone algo mucho más humilde:

hacer una pausa y volver a mirar.

Porque quizás el mundo no necesite solamente más imágenes.

Quizás necesite personas capaces de mirar las imágenes —y la vida— con un poco más de profundidad.

Y quizás contemplar sea eso.

No escapar del mundo.

No elevarse por encima de él.

Sino estar tan presentes en él que finalmente podamos verlo.

Y entonces la fotografía puede convertirse en una pequeña puerta.

Una pausa.

Un silencio.

Una pregunta.

Un encuentro.

Y detrás del clic, quizás descubramos algo que estaba ahí desde el principio:

no necesitábamos aprender a mirar.
Necesitábamos recordar que sabíamos hacerlo.

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